La crisis del equipo remoto que no vi venir porque no tenía los sensores correctos
La crisis se materializó en la forma de 3 renuncias en un período de 6 semanas. No era un volumen extraordinario para un equipo de 8 personas, pero la simultaneidad y el hecho de que ninguna de las 3 personas había expresado insatisfacción de forma directa en ninguna de las conversaciones individuales recientes hacía que la crisis fuera más perturbadora que su tamaño numérico sugería. Algo había estado ocurriendo en la dinámica del equipo que yo no había detectado, y las renuncias eran el efecto de una causa que ya tenía semanas o meses de haber comenzado a acumularse.
El análisis post-crisis que hice con la ayuda de un consultor externo especializado en equipos remotos reveló que los 3 miembros que habían renunciado tenían en común algo que yo no había tenido la posibilidad de observar: llevaban meses procesando una sensación de que el trabajo que hacían no tenía visibilidad suficiente para el resto de la organización y que su desarrollo profesional estaba estancado sin que existiera ningún mecanismo para cambiar esa situación. Habían llegado a esa conclusión de forma independiente y la habían gestionado de forma individual, sin que ninguno de los 3 hubiera sentido que era apropiado llevarlo a la conversación individual con el líder.
Los sensores que faltaban en mi sistema de liderazgo remoto eran específicos y en retrospectiva eran identificables. Primero, no había ninguna forma de detectar la percepción del equipo sobre su visibilidad y su desarrollo de carrera excepto si alguien lo verbalizaba de forma directa, lo que en el entorno remoto con la distancia que la virtualidad crea entre el líder y el equipo ocurría con menor frecuencia que en el presencial. Segundo, no había ningún sistema para detectar la comunicación entre miembros del equipo fuera de los canales oficiales, que era donde la insatisfacción se elaboraba entre los pares antes de llegar a una decisión de renuncia.
La reconstrucción del sistema de sensores incluyó 2 mecanismos nuevos. El primero fue una conversación de carrera trimestral obligatoria con cada persona, donde el único tema era el desarrollo profesional: cómo el trabajo actual se conectaba con los objetivos de carrera a largo plazo, qué estaba faltando y qué podía el líder hacer para que esa conexión fuera más clara o más real. El segundo fue una encuesta de pulso mensual de 3 preguntas enviada por un sistema externo que garantizaba el anonimato real incluso en equipos pequeños.
La crisis que no vi venir porque no tenía los sensores correctos fue la más costosa en términos de reconstrucción del equipo y la más valiosa en términos de aprendizaje sobre los límites de visibilidad del liderazgo remoto. Los equipos remotos no producen automáticamente las señales de alerta que los equipos presenciales producen de forma pasiva. El líder remoto que no diseña los mecanismos de detección de esas señales no está gestionando en modo de ignorancia estratégica. Está gestionando con menos información de la que el cargo requiere y con más riesgo del que ningún modelo de gestión debería aceptar como inevitable.